lunes, 17 de octubre de 2016

El privilegio de ser amado

Una de las primeras cosas que descubrimos después de ser madres es el auténtico miedo. Un miedo que va más allá de lo físico, emocional y racional en el ámbito de lo personal. Es el miedo porque esa pequeña cosita que ha llegado para revolucionar nuestras vidas, sufra cualquier mal por pequeño que sea. Es un miedo al que nos vamos acostumbrando. Los primeros días nos despertamos sobresaltadas varias veces para comprobar que nuestro pequeño todavía respira… pero según pasa el tiempo lo vamos integrando y asumiendo en nuestra vida personal. Siempre está ahí, pero no es limitante ni asfixiante.

Lo bueno que tiene es que siempre hay algo que compensa, y ese gran miedo se ve compensado de sobra por la capacidad de nuestros pequeños de amarnos, simple y llanamente por el mero hecho de ser sus madres. Es un amor inocente, puro, incondicional, no hemos hecho nada más para ganarlo y merecerlo que el hecho de haber gestado y parido esos pequeños cuerpecitos y traerlos a este mundo. Un poco de magia reproductiva que se ve compensada con creces por esas miradas y gorgoritos, esos besos babosos y esos abrazos. Ese amor incondicional por la propia madre que nos acompaña toda la vida.

Y no es algo que nos hayamos ganado. No. Nos ha tocado la lotería. El amor de un hijo es independiente de lo “buenas” o “malas” madres que seamos, según que estándares apliquemos. No hay mayor cura de humildad que darte cuenta de que tú has traído al mundo a esas personitas y que ellos son quienes deciden amarte incondicionalmente, a pesar de o a causa de tus defectos y virtudes.

El amor de un hijo es. Es irremediable desde el momento en que existe el vínculo madre/hijo. Existe. Y es un vínculo tan fuerte que es capaz de sobrevivir incluso a las circunstancias más adversas. La madre o el padre son como dioses que todo lo saben, todo lo que hacen es bueno.

Yo me siento privilegiada por tener el amor de mis hijos. No me engaño y pienso que me quieran por ser buena o mala persona. Me quieren simplemente porque soy su madre. Ni más ni menos. Y por mucho que me equivoque en mis acciones diarías o por mucho que acierte, me seguirán queriendo. A no ser que se agote el amor, obviamente.

No me engaño y pienso que sea perfecta y que todo lo haga bien. Ni mucho menos. Yo he ejercido la violencia contra mis hijos. A veces verbal, a veces física. A veces por acción y a veces por omisión. Hay quienes me acusan de “aparentar ser perfecta” y “tener un coro de palmeras que me dan la razón”. Pues no quiero ser perfecta, pero aspiro a serlo. Y si no aspirara a serlo, no sería yo misma.

Reconozco que usé el método Estivill de adiestramiento del sueño con mi primer hijo. Y también que después aprendí que no era lo mejor y coleché con este hijo y con todos los demás. No porque sea mejor o quiera ser perfecta, sino porque era y ha sido lo mejor para nosotros. Reconozco que he dado un cachete a mis hijos en más de una ocasión y no me siento orgullosa de ello. Reconozco que he usado amenazas y castigos para que se comporten como yo he considerado adecuado en un momento dado. Reconozco que casi a diario se me escapa un grito hacia ellos o pierdo la paciencia. Reconozco que no soy la madre zen que me gustaría ser,...

Pero también reconozco que lo reconozco, no me siento orgullosa de mis errores, pero intento aprender de ellos y, sobre todo, asumo estos errores delante de mis hijos. Les pido perdón, por pegarles o por gritarles, les digo que ellos no tienen la culpa. Que mis cabreos y enfados son míos, y que el hecho de que alguna cosa que hagan ellos conduzca a “mi cabreo” es responsabilidad mía y que ellos nunca deberían sentirse culpables.

Hoy hablabámos en la comida. Les he dejado claro que un niño nunca es culpable de la actitud violenta de un adulto (sea física o verbal). Que es el adulto el que tiene que gestionar sus sentimientos y su violencia y nunca culpabilizar a un niño. Que si un niño no puede confiar ni en sus cuidadores primarios cuando un adulto ejerce la violencia contra él, entonces ese niño está indefenso. Quiero que tengan claro que ellos nunca tienen la culpa. Que la violencia la traemos su padre o yo, en nuestras mochilas, y aspiramos a poder gestionarla de la mejor manera posible sin dañarles a ellos en el camino.

Solo me siento bien como madre, en tanto en cuanto aspiro a que estas cosas no vuelvan a pasar. No soy una madre perfecta, no quiero serlo, pero el amor incondicional de mis hijos me obliga a estar en constante evolución para estar a su altura, a mirar hacia mi interior, a intentar cambiar lo que puedo cambiar, a intentar sacar el mejor partido posible de lo que no puedo cambiar. El amor incondicional de mis hijos me obliga a recordar cada día el privilegio que es ser amada por ellos.

martes, 23 de febrero de 2016

BLW: 10 trucos para que tu hijo coma fruta

Después de mi entrada del otro día sobre qué comen realmente los bebés, me he dado cuenta de que muchas familias tienen una gran preocupación por el consumo de frutas de sus bebés y niños pequeños. Y rascando un poquito en las estadísticas y datos al respecto, es como para estarlo, ya que todo parece indicar que el consumo de frutas y verduras en los niños y adolescentes españoles es demasiado bajo. Los menores españoles toman 90,4 gramos diarios de verduras, según este estudio 0_0. Sin embargo, el consumo diario de zumos y bebidas refrescantes en preescolares es preocupantemente alto: 388 ml/ día (740 en adolescentes). Mientras tanto, otros estudios alertan del elevado consumo de alimentos con azúcares y golosinas detectados en estudiantes. Así pues, parece que los niños españoles apenas consumen 100 gr de fruta y verdura al día, ingesta que se ve superada por el consumo de zumos y refrescos azucarados y de otras golosinas.

Así que os dejo aquí una pequeña guía de consejos que os pueden resultar útiles sin intentáis que vuestros hijos coman fruta. No son infalibles, ni son los únicos que hay, ni garantizan un resultado 100%, pero visto el panorama anterior, cualquier intento de mejora es bueno.

1. Predica con el ejemplo. Nunca me canso de decir esto en los talleres de BLW. La herramienta más poderosa de aprendizaje en el bebé es la imitación. Si sus padres comen fruta, ellos comerán fruta. Además, en una familia en la que el consumo diario de fruta es un hábito, el bebé se habrá familiarizado con estos sabores en el útero (en el último trimestre tragan cerca de 500 ml de líquido amniótico al día) y a través de la leche materna.  De nada sirve decirle a tu hijo que se coma una fruta si tú nunca la tomas de postre ni en ninguna otra comida del día. De nada sirve intentar explicarle que es muy saludable si tú te hinchas a postres lácteos azucarados en la hora del postre.

2. Haz que la fruta esté visible en tu hogar. Si la fruta está guardada en la nevera o en armarios fuera de la vista, será más difícil recurrir a ella cuando buscas un postre o un tentempié rápido. Hazte con un buen frutero y almacena la fruta en la cocina, a la vista. De esta manera, multiplicarás los momentos y oportunidades de consumir frutas. Mantenlo bien surtido, claro.

3. Mantener al alcance de los niños. No solo hay que tener fruta a la vista, si no también al alcance de los niños. Un carrito con cestas, es una buena alternativa. También colocar el frutero en una mesa accesible para los peques o tener un plato con algunas frutas en un lugar más a su alcance. Igual que con el apartado anterior, cuanto más a mano esté la fruta, más fácil y accesible será su consumo para todos los miembros de la familia.

4. Elige bien donde comprar la fruta. No hay nada más frustrante que gastar dinero en fruta y llegar a casa y encontrarnos con que o está medio pocha o dura como una piedra. Si la fruta está sosa y dura, comerla dejará de ser un placer y se convertirá en una obligación. Si está pasada, la podrás aprovechar para algún batido casero, pero poco más. Es importante tener localizado un lugar cercano donde tengas acceso a fruta a un precio asequible y de calidad. Tener una "relación cordial" con tu frutero de confianza también es importante, ya que nadie mejor para aconsejarte las frutas que están en su mejor momento y las que es mejor no comprar.

5. Fruta de temporada. Siempre es mejor elegir frutas y verduras de temporada. Así nos aseguramos de que están en su momento justo de maduración y de que no llevan semanas metidas en una cámara. De este modo, será más jugosa y apetecible.

6. Variedad. Aunque sea importante consumir frutas y verduras de temporada, hoy en día disponemos de una amplia variedad de frutas de importación o de invernadero durante todo el año. No hay nada más aburrido que pasarse un invierno comiendo solo naranjas, manzanas y peras. Aprovecha y date un capricho con un mango jugoso, unos arándanos en febrero o un melón de importación.

7. Fácil de llevar. Cuando salgas de casa con tus peques, intenta llevar siempre alguna fruta como tentempié, mejor que zumos industriales o bollería. Una manzana, una pera o un plátano no necesitan nada más que lavarlas en casa y meterlas en alguna bolsita de plástico dentro del bolso. También puedes recurrir a estas frutas como almuerzo para el cole. Mis hijos además de las básicas fáciles de llevar también suelen recurrir a un tuper con fresas o con un persimón pelado y cortado en cuartos como almuerzo.

8. Hazlo atractivo. Hay muchas maneras de presentar la fruta de manera atractiva sin necesidad de invertir horas y horas en dibujar paisajes con uvas y plátanos. Un plato de fruta variada cortada de maneras diferntes y colocada en círculos concéntricos es atractivo para cualquier peque. Las brochetas también son rápidas y sencillas y no requieren más inversión que la de los palitos. Un melón cortado a la mitad y usado como recipiente para poner bolitas de fruta es otro top hit entre el público infantil. Os contaré un secreto. En el pasado cumple de Erik (2 años), todos los invitados de entre 2 y 13 años de edad se quedaron extasiados con la "mesa dulce" de fresas bañadas en chocolate negro, brochetas de fresa y plátano con chocolate y vasitos de fresas con nata.

9. Batidos (smoothies) sí, zumos no. Los batidos de fruta (fruta triturada) o smoothies caseros tienen todas las ventajas de la fruta ya que tienen toda la fibra de la fruta. Obviamente, mejor si son caseros y recién hechos. Además, puedes aprovechar para introducir algo más que fruta. Zanahoria o pepino funcionan fenomenal en este tipo de batidos... Y qué te voy a contar de los famosos "batidos verdes", cuya base principal es la fruta. En cambio, los zumos (aunque sean naturales) es mejor evitarlos, porque contienen todo el azúcar de la fruta pero nada de su fibra, por lo que nuestro organismo los procesa de manera completamente diferente a la fruta. Obviamente, si estamos un día fuera de casa, mejor un zumo de naranja natural que una fanta. Pero recordad ese consumo de más de 300 ml diarios de zumos y bebidas azucaradas en preescolares.

10. Manipulación. Deja que tus hijos manipulen la fruta. Que pelen las mandarinas, que te ayuden a trocear las fresas. Deja que muerdan la cascara (siempre que esté bien limpia) y que disfruten tocando, apretando, extrujando, chupeteando, aprendiendo texturas y experimentando libremente. Quizás sea un poco más sufrido al principio y tengas que andar detrás de ellos limpiando y cambiándolos tres veces al día de ropa, pero a la larga casi seguro que compensa.

Estos son los míos. ¿Y los tuyos? He de confesar que en casa la fruta la comen divinamente, sin embargo con las verduras hay más problemas. Intento ponerme zen y aplicar la filosofía Basulto (¡Qué grande eres Julio!) y me consuelo pensando que si mis hijos me ven comer y disfrutar con la verdura, más tarde o más temprano se darán cuenta por si mismos de que no está tan mal. En el fondo, yo de pequeña tampoco recuerdo comer tanta verdura. En fin, que si tienes consejos para mí, yo encantada de recibirlo.

miércoles, 3 de febrero de 2016

¿Qué comen los Bebés?

¿Tenéis hijos en casa? Si leéis este blog, me imagino que sí. En casa somos cinco, dos adultos y tres peques, y todas las semanas, si puedo, voy a comprar fruta al rastrillo para poder llevarme a casa productos de calidad y proximidad a un precio más que razonable. Todas las semanas vuelvo a casa con el carro lleno hasta los topes y hay días que ni al viernes llego con la fruta.

Hoy, por ejemplo, he comprado
  • 5 kg de mandarinas
  • 2 kg de manzanas
  • 3 kg de peras
  • 4 kg de fresas
  • 2 kg de plátanos
  • 2 kg de calabacines
  • 2 kg de brócoli
  • 2 puerros
  • 1/2 kg de champiñones
A eso le sumamos, normalmente, otros caprichitos que no encontramos en nuestro puesto habitual del rastrillo, como arándanos, mangos, algún melón de importación, aguacate, etc. Y otras cosas que compramos en menos cantidad en función de lo que vayamos a ir preparando (pimientos, tomates, patatas) o que directamente ya no nos caben en el carro.

Y en mis visitas semanales, acompañada siempre por Erik, la repetición de ciertas escenas me ha llevado a hacerme algunas cuestiones. Hoy, por ejemplo, pensaba que si con esta cantidad de fruta a veces no me da ni para cuatro días, no quiero pensar cuando en lugar de tener tres niños en casa, tenga tres adolescentes. 0_0 Creo que nos vamos a tener que pluriemplear para darles de comer, je, je, je.

Pero, pasando a cosas más serias, por un lado me encuentro con que siempre todo el mundo es muy agradable con Erik. La mujeres le dicen cosas, los tenderos le ofrecen alguna fruta o palabras cariñosas y a las abuelas se les cae la baba. Hoy caía en la cuenta, por ejemplo, de que Erik es uno de los pocos niños que veo en este entorno. Es un entorno amigable y agradable para ser una pequeña ciudad (no hay peligro inmediato de coches, por ejemplo, aunque sí riesgo de perderse) y un lugar donde los niños pueden aprender muchas cosas de la sociedad en la que viven. Para Erik el día del rastrillo es casi una fiesta. Siempre se pone contento, porque le encanta la fruta y el ambientillo; pero también esa libertad de poder tocar las cosas o de ir de acá para allá sin los agobios de una tienda o un supermercado.

Además, el día que vamos a comprar fruta Erik se convierte, casi, casi, en "frugívoro". Solo quiere comer fruta. No falta el día que no salga del rastrillo habiéndose comido dos o tres piezas de fruta... y esa pasión por la fruta suele seguir durante todo el día. Se come una o dos mandarinas (¡¡¡mindirinas!!! son su fruta favorita) que pela animadamente mientras esperamos la cola, puede que después un plátano y al llegar a casa me pide un kaki o unas fresas... Luego llega la hora de sentarse a la mesa con el resto a comer y ¡Claro! Solo quiere jugar a echar el agua sobre el plato de comida que le hemos puesto. Está ya hasta los topes de fruta.

Y eso me lleva a la segunda parte de la reflexión de hoy. ¿Qué comen los bebés hoy en día? ¿Qué comen en realidad y qué es lo que presencia su familia en cuanto a su alimentación? Porque la pasión con la que las abuelas que hay por allí le ven comer fruta ha pasado de ser "graciosa" a francamente sorprendente. No me puedo creer que les desate tal nivel de pasión ver comer a un niño pequeño fruta ¿Tan raro es en nuestra sociedad que un bebé coma fruta? ¿Y que además de comerla lo haga con alegría? ¿Que sea su alimento favorito? El otro día una señora hasta se extrañaba de que supiera pelar una mandarina ¡¡¡Pues claro!!! Solo necesita que le quites tu un trozo de piel y él ya hace lo demás con gran entrega y dedicación... Lo único que requiere toneladas de paciencia es recoger minitrozos de cáscara de mandarina por toda la casa y enseñarle a que los trocitos de piel se ponen siempre en un platito y se llevan a la basura cuando terminamos.

¿Qué pensamos que deben de comer los bebés hoy en día? El otro día, el frutero del supermercado me decía que cogiera peras conferencia en lugar de peras de agua porque son muy buenas para los niños, señalando a Erik, porque tienen más azúcar. Yo le contesté lo más educadamente que pude que las peras de agua nos van mejor porque la piel es menos basta y se la comen con piel y, además, esto también nos viene mejor para cuando salimos fuera y no la podemos pelar. Quizás le hubiera debido preguntar de dónde viene la extraña idea de que los niños necesitan fruta más azucarada. O hubiera debido decirle que los niños lo que realmente necesitan es aprender a comer fruta variada, con su piel (bien lavada), y con sabor a fruta y no a azúcar, y por el valor nutricional de toda la fibra y las vitaminas además de los hidratos de carbono simples. O quizás nos debemos preguntar cómo sociedad en qué momento nos hemos equivocado de camino y hemos empezado a pensar que los niños necesitan más azúcar. Porque de comprar peras conferencia porque tiene más azúcar a comprar galletas porque también tiene más azúcar, y llevan el sello de la Asociación Española de Pediatría, solo hay un paso.

Otra perlita del súper. Ya sabéis eso de que cuando tiene niños todo el mundo opina. Pues esta vez una cajera muy maja (y bienintencionada, que no digo yo que no) me recomienda llevarme unos panes envasados que tienen en promoción. Le respondo, educadamente, que ya llevo pan de sobra (de barra e integral). Me dice que va muy bien para los niños porque se lo comen muy bien. Y yo le respondo que mis hijos se comen muy bien los bocadillos (del pan que acabo de comprar en la panadería del súper, que conste). Y sigue... Cojo un paquete de los panes en cuestión y le respondo: "Lo que no me gusta de esto son los ingredientes, mira, además de trigo lleva azúcar, espesantes...". Y ahí parece que ya se convenció de que no me iba a convencer y seguimos a otra cosa.

Así que, si esto nos sirve de muestra, en nuestra sociedad la opinión generalizada es que los niños no comen fruta y que no les gusta, que hay que dársela pelada porque ellos no pueden disfrutar del proceso de hacerlo por si mismos, que es bueno que coman alimentos con mucho azúcar, y que es aconsejable que coman panes blanditos y envasados (y con muchos aditivos).

Luego nos extrañamos cuando solo quieren comer "guarrerías" o "chuches" o productos precocinados y procesados. Y vuestros hijos ¿Qué comen?

jueves, 14 de enero de 2016

Si los bebés votaran...

Si los bebés tuvieran derecho al voto, la noticia no sería que Carolina ha llevado a Diego al Congreso sino que Diego se ha llevado a su madre al Congreso. Diego sería el primer bebé en haber conseguido un acta de diputado y en su partido "Bebés por un mundo mejor" los derechos de los padres tendrían tanto peso como los de sus hijos.

Diego y sus compañeros de partido tendrían muy claro que, por mucho que "para criar a un niño haga falta una tribu entera", los que de verdad importan al final del día son tus padres, y tus hermanos. Los que te consuelan sin tienes miedo, los que te alimentan física y emocionalmente, los que te dan ganas de vivir la vida y seguir luchando por un mundo mejor. Tu madre que te acuna en su regazo, tu padre que te cuenta un cuento y que sabe mejor que nadie dónde tienes las cosquillas secretas, tus hermanos que comparten secretos y te entienden mejor que nadie.

Si los bebés votaran, estaría prohibido que hubiera restaurantes u hoteles "sin niños". Si los bebés votaran, habrían conseguido tantos derechos como otros colectivos históricamente marginados, como los gays y lesbianas. Diego y sus compañeros de partido llevarían en su programa un apartado completo denominado "Stop a la niñofobia" que buscaría luchar contra la violencia oculta que nuestra sociedad ejerce cada día con los niños, eliminándolos de cada vez más espacios públicos y confinándoles a "guettos" cada vez más apartados del resto de la sociedad.

Si los bebés votaran, a nadie se le ocurriría plantear ideas tan peregrinas como "guarderías desde los 0 meses" cuando se habla de conciliación familiar. ¿Has oído hablar alguna vez de ingreso obligatorio en residencias de ancianos a partir de los 65 años? Ah, claro, que los jubilados votan. Y además tienen poder adquisitivo, otra de las grandes carencias del colectivo de bebés y niños que solo consumen en tanto en cuanto que "hijos de".

Si los bebés votaran, los derechos relacionados con la ma-paternidad estarían abundantemente desarrollados legislativamente. Bajas más amplias, para madres y padres, ayudas para los trabajadores autónomos que no se pudieran coger bajas, protección y promoción a las empresas que facilitan la conciliación de sus empleados. Un amplio abanico de opciones reales para familias reales, porque cada familia concilia diferente, se organiza diferente y tiene necesidades diferentes.

Si los bebés votaran dejarían de ser ciudadanos de segunda. Siempre obviados, eternamente olvidados.

Si los bebés tuvieran conciencia política, serían conscientes de que ellos son el principal patrimonio de cualquier sociedad que se precie: los ciudadanos del mañana. Y tendrían capacidad de decidir cómo quieren modelar el mundo en el que viven hoy y en el que tendrán que vivir el día de mañana.

Si  los bebés votaran, el cuidado de los otros hace tiempo que habría perdido la calidad peyorativa que sigue teniendo hoy en día. Si los bebés votaran, sería políticamente incorrecto insinuar que está bien pagar para que otros cuiden a tu hijo y que está mal "renunciar" o "conciliar" para cuidarlo tu mismo.

Si los bebés votaran, las mujeres y los hombres tendrían igualdad de oportunidades laborales ya que los niños reclamarían tanto el cuidado y el apego de sus progenitores femeninos como el de los masculinos.

Si los bebés votaran... (completa la frase con tus comentarios).

viernes, 4 de diciembre de 2015

Carta a Papá Noel para un puerperio perfecto

Ahora que nos inunda el espíritu navideño, os dejo una recopilación de regalos que pueden venir bien, desde mi humilde perspectiva, a cualquier madre reciente. Es una carta a Papá Noel, pero bien podría ser una lista de regalos para madres recientes. Cuando la leas no olvides contarme qué te parece y decirme qué añadirías a esta lista o cuál es tu favorito.

Querido Papá Noel:

Se acerca la Navidad y este año he decidido no pedirte nada para mí, sino regalitos para todas esas madres preopadas y sobrepasadas que veo a menudo en los grupos de lactancia o en mi trabajo. Son regalos especialmente pensados para hacerles la vida más fácil. Algunos son muy fáciles de conseguir y otros te los vas a tener que currar un poco más, pero estoy segura de que todos y cada uno de ellos harán muy, muy felices a sus destinatarias:

  • Unas orejeras para no escuchar todos los consejos sobre crianza no solicitados.na 
  • Una batamanta extracalentita para hacer mucho piel con piel en la vuelta a casa con el bebé (transformable en un buen ventilador en pleno verano).
  • Un bono de 10 horas de terapia psicológica para asumir que hacer elecciones diferentes a las de nuestros padres en materia de crianza no implica que ellos nos quisieran menos que nosotros a nuestros hijos. También válidas para asumir que hacer todo igual que lo hicieron nuestros padres no es la mejor manera de evitar conflictos familiares.
  • Un vale de acompañamiento para encontrar un grupo de lactancia o de crianza en el que poder charlar a gusto sobre la consistencia de las regurgitaciones de tu bebé (¿yogur? ¿leche cortada? ¿requesón? ¿agua con miguitas blancas?). Intercambiable también por conversaciones sobre la consistencia y frecuencia de las deposiciones.
  • Un vale por tres horas de peluquería sin hablar de hijos o bebés (con una bula para que el regalador no se moleste si tardas dos años en canjearlo). Por favor, sin fecha de caducidad.
  • Un cuestionador impertinente: una máquina por inventar que ponga en duda cualquier consejo inútil ofrecido por abuelas, vecinas, pediatras o enfermeras. Actualizable también a matronas y madres de los compañeros de cole de tu hijo mayor. 
  • Una gema para mirar el interior. Como la de Steven en Steven's Universe. Que sirva para mirarnos por dentro y asumir nuestras decisiones maternales sin necesidad de justificarnos y sabiendo que son auténticamente nuestras.
  • Un alargador de tiempo. Para perderte en esos instantes perfectos en los que tu bebé duerme plácidamente en tus brazos y tú le miras embelesada. Para poder disfrutar de ellos todo lo que necesites.
  • Un recordador urgente de momentos alargados. Para recordarte en esos momentos de crisis familiar la razón por la que amas profundamente a tu familia.
  • Un perfefotografiador: una cámara que refleje esos momentos inolvidables tal y como los ves en tu mente y no cómo la infernal cámara de tu móvil se empeña en retratarlos. En tu recuerdo no tienes esas ojeras y esos pelos ni de coña. 
  • Un desculpabilizador: evidente como su propio nombre indica. Para hacerte inmune a todos los intentos de hacerte sentir culpable ante cualquier eventualidad sobre tu hijo: ya sean sus resultados escolares o su manera de comer. 
  • Un resbalador, para que no te afecte ningún comentario que se cuele por tus orejeras o para cuando decidas quitártelas porque no son nada estéticas. Como complemento se vende junto a un autorespondedor, no es para tu correo sino para dar respuestas ingeniosas y agudas a esos mismos comentarios (las típicas que se te suelen ocurrir tres horas más tarde cuando sigues rumiando el hecho en cuestión).
  • Un curso de masterchef para tu pareja. Pasarse el primer mes de lactancia a base de bocatas de mortadela es posible pero poco recomendable. Con este curso tu marido te deleitará con pechugas villaroy y lasañas de verduras. Bocados gourmet. Canjeable por un suministro ininterrumpido de tupers de croquetas o por un vale de sushi de tu restaurante favorito.
  • Una nevera autorrellenable (vale como regalo comunitario) con deliciosas viandas a cualquier hora del día y de la noche. ¿Quién dijo que los antojos de pepinillos rellenos a horas intempestivas solo son propios del embarazo).
  • Una cafetera automática, que tenga siempre caliente y a tu gusto el café que necesitas, que sabe a recién molido y que se descafeína al gusto justo cuando decides echarte una siesta. Por supuesto, la versión deluxe con limpieza pirolítica.
  • Una buena tribu de bolsillo a la que recurrir en momentos de crisis. Como las Polly Pocket de nuestra infancia pero en versión amigas y madres de tu rollo siempre dispuestas a aconsejarte y acompañarte.
Bonus track
Por petición popular, añadimos a esta lista de regalos el Autorechazador de visitas inesperadas, con una fantástica lista de características que lo convertirán en un regalo imprescindible para estas navidades:
  • Sensor de tuppers de croquetas. Si tu visita inesperada viene cargada con un tupper de croquetas, el autorechador puenteará su programa y dejará pasar a la visita. Las visitas inesperadas con croquetas, siempre son bienvenidas.
  • Guante de boxeo con muelle para transgresores recalcitrantes. A la tercera visita de esa persona que nunca llama para avisar, se activa el guante de boxeo para una advertencia mucho más clara al visitante indeseado. Seguro que después de esa, llama antes de venir.
  • Detector de vendedores puerta a puerta: les dará tanta cháchara intrascendente sin dejarles pasar, que pronto se darán cuenta de que es inútil volver a llamar a tu puerta. Olvídate de tener que levantarte de tu siesta con tu bebé para atender a comerciales de seguros o de compañías eléctricas.

sábado, 28 de noviembre de 2015

Familia accidental


Fue un día de lo más extraño. Yo todavía andaba en una nube a pesar de que habían pasado ya más de dos meses desde todo aquello. Era como si el suelo que pisara fuera de gelatina y no podía deshacerme de la sensación de que alguien había envuelto mi cerebro en vendas y algodones, ya que todos los sonidos me llegaban amortiguados. Seguía sin poder mantener la atención en las reuniones del trabajo y aquella sensación no ayudaba. Mis informes llegaban un poco más tarde de lo normal, pero llegaban, así que a pesar de las caras de pena y modales afectados que todo el mundo ponía cada vez que se topaba conmigo, nadie insistía demasiado en que me cogiera de nuevo la baja.

No recuerdo nada especial de ese día. Era otoño. Habían cambiado la hora y cuando volvía a casa estaba ya todo oscuro. No me importaba demasiado. De hecho, me molestaban en extremo los días soleados y la gente saliendo a la calle. Sus vidas normales y tranquilas me recordaban todo aquello que había perdido. Donde podría estar y donde estaba en realidad.

Me subí al coche como cualquier día. Dejé el bolso en el asiento del copiloto, encendí las luces y emprendí el camino a casa. Los mismos semáforos de siempre, las mismas calles de siempre…

Sumida en mis pensamientos, apenas era consciente del camino que estaba recorriendo. El “piloto automático” era mi ángel de la guarda y, a pesar de que últimamente siempre conducía así, nunca me había pasado nada más grave que saltarme una salida de la autopista. Daba vueltas a cómo había sido todo y ya casi había dejado de pensar qué podía haber cambiado para que mi bebé siguiera conmigo. La rabia y la impotencia habían dejado paso a la tristeza y el pesar. Todo el mundo me decía que imaginarme en mis brazos a mi pequeño Luís no iba a ayudarme a superar el trauma. Que vivir en las ensoñaciones solo me hacía daño y alargaba el proceso. Pero yo me agarraba a lo único que me quedaba de aquel hijo que murió a pesar de que yo lo sentí muy vivo en mis entrañas cada uno de los días que duró aquel sueño de primavera.

Y entonces oí un ruido. Como un roce. Que venía de la parte de atrás del coche. Me sobresalté y mi primera reacción aterrada fue dar un volantazo. Por suerte la carretera iba casi vacía y ahí quedó la cosa. Aflojé el ritmo y casi me reí de mí misma. Seguro que lo había imaginado. Sin embargo, un par de minutos después, ahí estaba de nuevo el ruido, como de tela rozando contra tela. Esta vez estaba segura de haberlo oído. El instinto de lucha o huida se impuso a mi amodorramiento generalizado y ahí estaba yo con todos los sentidos mucho más despiertos de lo que habían estado en las últimas semana. Y, de nuevo, el ruido. Esta vez un poco más leve, un roce.

Miré hacia atrás y vi la silla del bebé. Una silla a contramarcha. Flamante, nueva, preciosa. Había dedicado horas y horas de investigación y comparativas para decidir qué sistema de retención infantil era más adecuado para Luís. Y el destino había decidido ignorar todos mis esfuerzos por darle lo mejor y había decidido matarlo cuando apenas quedaban dos semanas para que naciera. Daniel había tomado las riendas tras la vuelta a casa del hospital y había desmantelado la habitación de Luís lo más discretamente posible, mientras yo dormía entre calmantes y antidepresivos. Pero no le dejé tocar mi coche, no le dejé desmontar esa silla y la paseaba día tras días como señal de duelo, como cicatriz visible de todos los arañazos, desgarros y heridas que sentía en mi interior.

A pesar del subidón de adrenalina, todo se vino de nuevo abajo con la visión de la silla. Apreté las manos sobre el volante, pisé un poco más el acelerador y sentí que los ojos se me nublaban de lágrimas y empezaban los espasmos involuntarios y el dolor de pecho por los intentos de aguantar ese llanto que era imposible de retener.

Apenas veía la carretera, solo algunas luces, cuando de nuevo escuché ese sonido. Déjalo estar. Finalmente te has vuelto loca, dijo una vocecilla malvada en mi interior. Al mismo tiempo, pensé que quizás algún animalillo había conseguido colarse en el coche y era eso lo que estaba oyendo. Vi un cartel de una salida y me dirigí hacia ella entre pitido y ruidos de frenadas. No me importaba poner intermitentes, ni evitar que otro coche me embistiera. Necesitaba salir del coche, respirar aire fresco y reunir serenidad suficiente para poder emprender de nuevo el camino a casa.

Paré y apagué el motor. Y ahí estaba el sonido de nuevo. Salí del coche y respiré profundamente, notando que poco a poco se liberaba toda la presión que se había ido concentrando en mi pecho y espalda. Moví la cabeza y giré los hombros mientras pensaba que aquella bestiecilla que había generado esta crisis bien podía aprovechar la ocasión para salir por mi puerta y dejarme tranquila de una vez. Pero no vi nada escabullirse.

- Habrá que animarla -me dije a mi misma mientras daba la vuelta hacia la parte de atrás del coche, dispuesta a abrir la puerta trasera y ponérselo fácil al gato, lagartija o lo que fuera que había decidido acampar en mi coche.

Y cuando abrí la puerta lo vi ahí. En la silla de Luís y perfectamente atado. Tapado con una mantita. Un bebé de apenas unos días que movía sus manitas débilmente, con sus ojos cerrados. Si hubiera estado acompañada, me podría haber permitido el lujo de desmayarme, pero no podía. ¿Cuánto tiempo llevaba ahí ese bebé? ¿Estaba en realidad o era una mala pasada de mi imaginación? ¿Había terminado volviéndome loca de dolor como tantas personas llevaban temiendo en las últimas semanas?

Temblorosa, acerqué una mano al pequeño y lo toqué. Sí, estaba ahí y sí, era de carne y hueso. No se esfumó al tacto ni atravesé su cuerpo con mi mano. Su presencia diminuta era como un grito desgarrador en mi cabeza, pues no dejaba de pensar en el cuerpo sin vida y lívido de Luís que se había deslizado de mis entrañas como un pececito resbaladizo. Pero este cuerpo palpitaba y se estremecía. El pequeño temblaba y me apresuré a cerrar la puerta. Con el sonido de la puerta el bebé se volvió a estremecer, pero siguió dormido. Podía verlo a través del cristal. Seguí ahí, no me había vuelto loca… pero ¿Cómo narices había ido a parar un bebé a mi coche? ¿Había hecho caso ese dios en el que nunca había creído a mis plegarias y había devuelto la vida a Luís? Mientras calibraba la gran improbabilidad de aquella explicación, las pocas neuronas que tenía alertas me empujaron a sacar el móvil, mandarle a Daniel mi ubicación por whasapp y pedirle que viniera a buscarme con su coche y que no pidiera explicaciones.

Abrí la otra puerta trasera y me senté en la plaza al lado de la silla. Veía como el pecho del pequeño subía y bajaba rítmicamente y me sumí en la hipnótica contemplación de ese movimiento como si de un bálsamo para mi alma dolorida se tratara. No sé cuánto tiempo pasó hasta que me decidí a abrir la mantita para contemplar al bebé al completo. Mientras lo hacía, una pequeña tarjeta se deslizó hacia abajo.

La cogí y vi que simplemente ponía: “Me llamo Manuela y sé que serás una buena madre para mí”.

Cogí su diminuta mano mientras mi mente repetía “Manuela, Manuela, Manuela” como un mantra y  sus pequeños deditos se aferraron a mi dedo índice con un apretón firme que selló el pacto que se había estado forjando desde que posé mis ojos sobre ella. Con una decidida determinación desabroché rápidamente el cinturón de la sillita y cogí suavemente a Manuela para ponerla sobre mi pecho y arroparla con mi calor y mi abrigo.

“Todo está bien. Voy a ser tu madre”, le dije, señor juez, y desde entonces no me he vuelto a separar de ella. Con esas palabras le prometí que siempre estaría a su lado, que velaría su sueño y le daría alas para aprender a volar y siempre he tratado de mantenerme firme en mi promesa.

-¿No es Manuela un sustituto de ese bebé que perdió? -preguntó el juez.
- No lo es ni nunca lo podrá ser -respondió Rosa. -Luís iluminó nuestras vidas durante ocho meses y me enseñó a ser madre. Pero se marchó y nadie podrá sustituir el hueco que dejó ni tapar su recuerdo. No hay día que no piense en él, a veces con alegría, a veces con tristeza. No dejo de pensar en lo buen hermano mayor que hubiera sido para Manuela. Pero mi hija no sustituye a nadie sino que, desde el principio, ha reclamado su lugar en nuestra familia con voz propia. Desde esa nota misteriosa a cada sonrisa y gorjeo infantil. Manuela es Manuela y siempre será Manuela. Luís siempre será Luís, aunque ya solo viva en nuestros corazones.

- Está bien. Muchas gracias por su testimonio. Puede marcharse -dijo el juez mientras se revolvía en su asiento. El testimonio de Rosa había sido intenso. Acostumbrado a disputas por custodias y peleas por herencias, sabía que este caso no le iba a dejar indiferente.

- ¿Quién viene ahora? -le preguntó a Amelia, la asistente social que había organizado esa “vista” tan peculiar que tenía acaparada su agenda durante todo el día.

- Ahora hablará Daniel. Es el marido de Rosa y ha ejercido durante todo este tiempo como padre de Manuela -respondió ella.

- Esta bien -dijo el juez mientras se reajustaba las gafas y se preparaba para tomar notas de nuevo.

Daniel accedió al pequeño despacho del juez de familia elegido para la vista preliminar sobre el caso de custodia de Manuela. Saludó a Amelia con una inclinación de cabeza y se sentó en la única silla libre, frente al juez. Notó la calidez del cuerpo de su mujer, que acababa de abandonar aquel mismo asiento. Se habían cruzado brevemente en la puerta del despacho y Rosa le había obsequiado con una mirada esperanzada, mientras le cogía ambas manos y las apretaba firmemente para darle ánimos.

- El relato de su mujer parece casi una historia de fantasía -argumentó el juez. -Uno no puede sino imaginarse a una mujer llena de dolor tras la pérdida de su bebé inventando un cuento de hadas como este para salirse con la suya…- siguió.

- Tienes usted razón señor juez. El primer sorprendido fui yo. Cuando llegué aquella noche a esa carretera casi desierta y me encontré el coche de mi mujer con las luces encendidas, el motor en marcha y los intermitentes parpadeando, me imaginé lo peor. Mi corazón dio un vuelco, pues cada día era una tortura hasta que por fin oía sus llaves girar en la puerta de casa... y cuando se retrasaba tan solo unos minutos no dejaba de imaginarla volcada en una cuneta tras haberse salido de la carretera. Pero día tras día conseguía llegar a casa entera. Hasta ese día. Llegué y cuando no la vi en el asiento del conductor di por hecho que había pasado algo grave y miré a mi alrededor imaginando que se habría arrastrado fuera del coche. Empecé a gritar su nombre y enseguida se abrió la puerta de atrás y oí que me chistaba y me pedía que guardara silencio. Me acerqué y la vi allí, en el asiento trasero, sujetando un pequeño bulto contra su pecho. Pensé que se había herido y trataba de parar la hemorragia. Me abalancé sobre ella y de repente se giró, rechazándome. “Daniel”, me dijo. “Ten cuidado. La vas a hacer daño”. ¿Hacer daño? ¿A quién? Entonces, llegué a la conclusión de que habría estado a punto de atropellar a un pequeño animalito y que lo estaría protegiendo.

“Mira”, me dijo con una tímida sonrisa. Y me enseñó el pequeño bulto que sostenía amorosamente entre sus brazos ¡¡¡Era un bebé!!! Le juro, señor juez, que casi me desmayé en ese momento. Rosa estaba como en trance, con las mejillas sonrosadas y una sonrisa bobalicona en su cara. Primero toqué aquella cosa, pensando que sería un muñeco. Pero enseguida me di cuenta de que era un bebé de verdad que respiraba, gemía y se chupaba los puñitos con bastante fruición.

Entonces empecé a preocuparme. Miré a mi alrededor. Esperaba encontrar a una familia que buscaba desesperadamente a su bebé, pero, obviamente, allí no había nadie. Estaba seguro de que Rosa había robado a esa criatura, pero al mismo tiempo de lo contrario. Si hubiera querido cometer una locura, habría tenido muchas oportunidades antes ¿Por qué ahora? Y además estaba convencido de que mi mujer nunca traspasaría el limite de secuestrar al bebé de otras personas, sobre todo después de haber vivido en sus carnes la desgarradora experiencia de perder a su propio hijo.

Ella seguía arrullando al bebé y meciéndolo contra ella. Se perdía en ese pequeño y cuando me miró y vio mi cara de preocupación simplemente me pasó la nota.

“Me llamo Manuela y sé que serás una buena madre para mí” leí. Ella dejó que el mensaje calara en mi mente y luego añadió. -Sé que ahora mismo no estás pensando demasiado bien de mí, pero la realidad es que alguien dejó a esta pequeña en la sillita del coche y que me he dado cuenta a mitad de camino a casa-.

- ¿Y qué hacemos? -le pregunté.

- De momento, llévanos a casa y luego ya iremos viendo -me respondió con parsimonia, mientras cogía a la pequeña y la colocaba de nuevo en la sillita del coche. Manuela protestó y Rosa introdujo su dedo en la boquita de la pequeña, que enseguida lo empezó a succionar y se calmó.

Conduje el coche de mi mujer hasta casa. Aparqué en el garaje y le abrí la puerta. Rosa había cogido a la pequeña, a Manuela, y enfiló hacia el ascensor sin mediar palabra. Allí me esperaron y subimos juntos a casa. Entramos en el piso y mi mujer enseguida buscó un papel y empezó a hacer una lista. Yo estaba a punto del colapso. No sabía qué decirle ni qué hacer. Si llamar a la policía o a algún vecino para que me ayudara a arrojar un poco de luz sobre esa situación tan inesperada o arrodillarme junto a ella para llorar por Luís y suplicarle que no siguiera adelante con esa farsa. No tuve que hacer nada de eso. Rosa me puso una lista en las manos y me dijo “Lo primero a la farmacia. Leche de inicio y unos cuantos biberones y tetinas. También algún sistema para esterilizarlos.  En el chino de la esquina, compras un par de botellas grandes de agua mineral. Vuelves a casa y me lo traes. Luego te vas al súper a comprar pañales, un paquete de la talla 2 hasta que sepamos si le va bien o no, y toallitas. Vuelves y me lo traes. Como ya es tarde, luego te vas al C&A o al Primark del centro comercial y me compras lo que pone en esta lista: bodis y pijamas, de momento, luego ya iremos viendo. Si tienes cualquier duda, me mandas un whasapp” y me despachó hacia la puerta, recordándome que cogiera las llaves y la cartera.

Cuando volví del último recado, Manuela ronroneaba satisfecha en brazos de Rosa. Había comido, tenía el pañal limpio y mi mujer se las había ingeniado para encontrar alguno de los arrullos que habíamos preparado para Luís y que se me debía de haber escapado en la limpieza tras volver del hospital. Dejé las bolsas con la ropa en el sofá y miré a mi mujer. Estaba como ausente, en su mundo, pero la mirada ya no estaba perdida ni sus ojos brillantes por las lágrimas retenidas. Sus ojos tenían un objetivo claro y se perdían en cada centímetro de aquella pequeña que había irrumpido en nuestras vidas. Yo seguía muerto de preocupación pero me dije que nada malo podía haber en acoger a Manuela unos días mientras hacíamos averiguaciones para encontrar a su familia.

He de confesar, señor juez, que esa expectación calmada que se instaló en mi casa me resultaba cómoda y querida. Cada día pensaba que era necesario buscar a la madre de Manuela, pero también recordaba esa nota y me decía que la madre biológica de Manuela había elegido a Rosa como madre para su hija. Y no podía sino alabar su decisión. Rosa se había transformado y había florecido. Su duelo por la pérdida de Luís se me antojaba como un capullo del que había salido renacida. La veía como una madre Fénix y me asombraba la claridad y serenidad con la que tomaba todo tipo de decisiones a las que yo no me atrevía a hacer frente. Me pidió que arreglara los papeles para su excedencia laboral y lo hice. Investigué para ella sobre adopciones y acogidas. Buceé en la red intentando buscar antecedentes de padres adoptivos que hubieran “encontrado” a sus hijos y mucho más.

Volvía a casa cada día del trabajo con una sonrisa en lugar de con pesar. Anticipaba el momento del baño de Manuela, me derretía con cada una de sus sonrisas y daba la bienvenida a la vuelta de la armonía a nuestro hogar. Éramos una familia. Aquello que el destino nos había robado, parecía que nos lo había devuelto. Pero no dejaba de ver la sombra que se ocultaba detrás de todo eso. En algún momento habría que salir de nuestra burbuja, relacionarnos con los vecinos o los familiares y explicar de dónde había salido esa bebé.

Rosa lo tenía claro. Para alguno sería nuestro bebé y no tendríamos que dar explicaciones, sino dejar que asumieran como ciertas sus propias suposiciones. Para otros, simplemente diríamos que habíamos acogido a una pequeña huérfana, lo cual no era más que una interpretación de nuestra realidad.

Y fue pasando el tiempo. Cuando Manuela cumplió un año ya no había un lugar en nuestra casa y en nuestra familia que no estuviera lleno de ella. Cada día me costaba más tomar la decisión de arriesgarme a perder de nuevo a una hija. Temía que Rosa no pudiera soportarlo. Pero me armé de valor y consulté con un amigo abogado. Preocupado, nos recomendó que viéramos a Amelia y aquí estamos, poniéndonos en sus manos para que considere si somos adecuados para seguir cuidando de nuestra hija.

Le ruego, señor juez, que entienda que el error fue mío. Que si alguien debe pagar o ir a la cárcel, lo haré gustoso porque no conseguí reunir antes el valor suficiente para intentar legalizar esta situación. Tenía miedo de perder a Manuela y a mi esposa. Durante todos estos meses, Manuela no ha estado solo bien alimentada y cuidada, sino que creo que hemos conseguido ser una familia para ella y proporcionarle estabilidad emocional y un entorno apropiado para crecer en libertad, querida, protegida y amada. No tiene más que verla. Tan mal no lo hemos hecho. Sería cruel internarla en una institución. No nos separe…

-Esta bien, Daniel -le interrumpió el juez-. Me queda claro su testimonio, pero le ruego que paré ahí. Entiendo perfectamente todo lo que siente y su nivel de entrega y devoción ha quedado suficientemente claro, tanto por su testimonio como por las pruebas periciales aportadas por Amelia y el Instituto de Asuntos Sociales. Por favor, retírese para que pueda seguir considerando el caso.

Daniel se levantó y se marchó sin mediar más palabra. Sentía que su cuerpo era piel, huesos y gelatina. Le zumbaban los oídos mientras rumiaba sobre lo injusto de que un señor que no los conocía ni a ellos ni a Manuela tuviera la capacidad de decidir sobre su destino de manera arbitraria.

-¿Eso es todo, Amelia? -preguntó el juez.

- No. No es todo. Tenemos un testimonio adicional. Nos ha resultado muy complejo de obtener, y todavía estamos procesando las pruebas que confirmen su versión, pero parece que los investigadores de la fuerza policial conjunta del IAS han conseguido localizar a la madre. Todo indica que era una empleada temporal de la empresa de limpieza de la asesoría fiscal en la que trabajaba Rosa. Una chica joven que ha vuelto de nuevo a Bolivia, pero los agentes han conseguido su testimonio en vídeo. Si me lo permite, lo podemos reproducir en su ordenador.

Amelia sacó un pincho USB y lo conectó al ordenador del magistrado. Mientras preparaba la proyección el juez se asombraba del inesperado giro que daba la vista con aquel testimonio.

- ¿Qué pruebas son necesarias para corroborar este testimonio? -preguntó.

- Tenemos una muestra de ADN de la chica y la estamos contrastando con las muestras de Manuela para confirmar el parentesco. ¿Lo pongo?

El juez respondió con un asentimiento y comenzó el vídeo. En él se veía a una joven de unos veinte años, con tez morena, ojos negros y una larga coleta de pelo negro.

“¿Empiezo ya? Vale. Mi nombre es Jimena Aristizabal y soy la madre de Manuela. Yo le puse el nombre y me alegro de que sus papás hayan decidido mantener el nombre que honra la memoria de mi difunta abuela.

- ¿Cómo conociste a la señora Díaz? -preguntó una voz masculina fuera de cámara.

- ¿A Rosa? La veía algunas veces en la oficina que limpiaba. Trabajaba hasta tarde y cuando yo llegaba con mi carrito de limpieza era una de las pocas personas que quedaba por allí. Recuerdo que siempre me sonreía y me saludaba al verme llegar y también cuando recogía sus cosas y se marchaba. Nunca me preguntó mi nombre o se interesó demasiado por mí, pero siempre fue amable y educada. Cuando me quedé embarazada lo oculté. No quería que me despidieran y mis padres tampoco sabían nada. Para ellos yo todavía era virgen y, además, siempre decían que íbamos a volver a Bolivia y yo no quería que nada nos atara demasiado y nos impidiera volver a casa. Un par de meses después me enteré de que Rosa estaba también embarazada. La enhorabuena de algún compañero y una imagen de una ecografía pegada en una esquina de la ventana junto a su mesa fueron los principales indicios, pero enseguida me di cuenta de que acariciaba su vientre y de que incluso había cambiado su forma de caminar.

Yo vivía su embarazo como no podía vivir el mío. Contaba sus semanas de gestación en su calendario e imaginaba a mi bebé en mi vientre. Nunca le vi en ninguna ecografía ni me hice ninguna analítica, pero gracias a Rosa me enteré de que había que tomar algunas vitaminas y me las apañé para comprarlas en la farmacia e irlas tomando yo también. Una cosa es que mi bebé me recordara al cabrón que me había dejado embarazada y me había abandonado después de deshonrar mi cuerpo y otra cosa es que deseara algún mal a la criatura que llevaba en mi interior.

Sabía que yo no podía ser su madre, pero sabía que encontraría a alguien lo suficientemente bueno. Alguien como Rosa, que parecía que llevara las palabras “amor maternal” tatuadas en la frente. Unas pocas semanas después de empezar a sentir los movimientos de mi bebé en mi vientre, me enteré de la muerte de Luís. Algunos de sus compañeros discutían junto a la máquina de café sobre la mala suerte de Rosa y sus compañeras no sabían si mandarle flores al hospital era adecuado para después de la experiencia de parir a tu propio hijo sin vida. No había entierro ni funeral en el que expresar las condolencias, pero tampoco les parecía adecuado hacer como si no hubiera pasado nada. “Ya veremos”, decían. Pero nunca vieron nada. O al menos no lo vieron como yo. Yo, que sentía a mi pequeño aletear en mi interior, lloraba con Rosa mientras limpiaba su escritorio y veía aquella colección de ecografías colgadas en la ventana. Lloraba por el pequeño Luís que nunca disfrutaría de los brazos amorosos de su madre.

Pensaba que no volvería a verla, pero un par de semanas después apareció de nuevo por la oficina. Con ojeras, el pelo apagado y la mirada siempre en el suelo, pero con la clara determinación de reclamar de nuevo su lugar. En se momento, cuando vi su perfil de hombros caídos y su espalda temblar por un llanto contenido, lo decidí. Ella iba a ser la madre de mi hijo. Ella le iba a dar todo el amor y el calor y cariño que había ido atesorando para el pequeño Luís. Yo iba a ser la madre de Luís, porque no podía darle a mi hijo el amor que merecía, pero sí podía darle a Luís ese recuerdo constante y ese corazón de madre roto. Un lugar en mi corazón y dentro de mí, porque yo tenía todo el amor de madre en mi interior, pero poco espacio en mi vida exterior para acomodar a un hijo de carne y hueso. Luís sería mi hijo de recuerdo y Manuel o Manuela sería el bebé de ojos vivos y aliento cálido que merecía Rosa. Me sentía casi como un cuco que deja su huevo en el nido de otro pájaro, pero no podía evitar desear lo mejor para mi pequeño y sabía que no había otra elección posible.

No sabía cuándo tenía que dar a luz, aunque por alguna aplicación móvil me había hecho una idea de la fecha aproximada. En las últimas semanas intentaba usar la ropa lo más holgada posible y caminaba encorvada hacia adelante para tratar de ocultar mi tripa. Había probado a meter algo de relleno en las caderas para disimular, pero el resultado no me parecía lo bastante bueno. Iba a todas partes con una mochila en la que había guardado una muda de ropa para bebé, una mantita, papel y algo de dinero para mantenerme unos cuantos días hasta que encontrara la manera de entregar al bebé. Al final todo fue mucho más fácil de lo que hubiera imaginado. Me puse de parto al final de mi turno cuando en la oficina no quedaba nadie. Manuela nació sin mayor problema. La limpié y vestí y después limpié cualquier resto que hubiera quedado. Me sentía un poco mareada, pero saqué un par de chocolatinas de la máquina del pasillo y busqué un taxi que me llevara al motel que había elegido para pasar un par de días.

Hasta que no llegué allí ni siquiera había mirado a Manuela. Estaba decidida a no encariñarme con ella, pues ya lo había hecho con Luís, mi auténtico bebé. Pero Manuela empezó a llorar y no me quedó más remedio que cogerla y calmarla. La miré a la cara y vi en ella los rasgos de mi abuela y no me pude sentir más orgullosa y feliz de mi pequeña cachorrita. En toda mi previsión se me había olvidado que tendría que comer, así que a falta de biberón, saqué el pecho y se lo acerqué. Y ella succionó con ganas desde el primer momento. Sabía que me iba a costar más desprenderme de ella, pero no podía hacer otra cosas que alimentarla y quererla hasta que la pudiera dejar con Rosa. Al día siguiente fui al despacho para comprobar a qué hora solía salir Rosa. Al segundo día fui un poco antes con la bebita y, por suerte, comprobé que se había dejado el coche sin cerrar y que además llevaba una sillita de bebé. Acomodé a Manuela con su nota y su mantita y me escondí. A los cinco minutos vi como Rosa se subía al coche y se marchaba.

Nunca más volví al despacho. Ese día me fui al motel a llorar por Manuela y por Luís y al día siguiente volví con mis padres como si no hubiera pasado nada. Hablaban, como siempre, de volver y saqué todos mis ahorros y los puse encima de la mesa. “Dejemos de hacer planes y volvamos con la familia. Mi futuro no está aquí”. Y un par de semanas después, estábamos de vuelta. Dejé a Manuela y me traje a Luís conmigo. Le planté un arbolito al que saludo todas las mañanas y le hablo. Le hablo de Rosa y de Manuela y de ese padre que imagino que cuida de las dos. Y mi naranjo crece jovial y lozano.

- ¿Por qué no dio a su hijo en adopción? -preguntó la voz.

- No era una opción. No quería a cualquiera. Quería a Rosa. Ella necesitaba a Manuela y Manuela la necesitaba a ella. Fui un intercambio justo. Un hijo por otro.

- ¿Está dispuesta a renunciar legalmente a la guarda y custodia de Manuela y a darla en adopción?

- Sé que en España no es legal renunciar a la custodia de un hijo a favor de una persona concreta a no ser que sea un familiar. Pero aquí las leyes son diferentes. Mi hija vive en España, pero su madres soy yo y vivo aquí. Me han dicho que eso crea un pequeño lío legal… Así que renunciaré a la patria potestad de Manuela siempre y cuando me garanticen que Rosa será su madre. Si no, firmaré un papel en el que nombro a Rosa tutora legal y creo que así será suficiente.

- Pero Rosa, la señora Díaz, ni siquiera la conoce…

- Da igual. Rosa es la madre de Manuela y voy a luchar  todo lo que haga falta para que mi hija tenga la madre que merece y para que nadie las separe.

El vídeo acabó sin más y la pantalla se quedó en negro. El juez se quedó pensativo.

-Aquí se acaba el testimonio -dijo Amelia. -Ya ve que es un caso muy peculiar y por qué he decidido intentar tramitar todo esto sin dejar un rastro de papeleo. Se trata de una situación muy delicada que puede dar lugar a un pequeño conflicto internacional. Mi opinión es que, legalmente, poco tenemos que hacer más que dar forma mediante papeles oficiales a una decisión que ya ha sido tomada por todas las partes implicadas. Las periciales demuestran que Rosa y Daniel son unos padres perfectos y capacitados, que Manuela es una bebé feliz y sana gracias a sus cuidados, y que Jimena no solo está conforme sino que fue la que orquestó todos los acontecimientos que nos han traído hasta aquí.

- Ya veo. Entonces mi decisión está clara. Si las pruebas de maternidad son concluyentes, nombraremos a Rosa y Daniel custodios legales de Manuela -sentenció el juez.

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Vario años después.

-Y así fue como finalmente te quedaste para siempre en nuestras vidas, cariño. ¿Qué te parece? -preguntó Rosa a la pequeña Manuela, que ya no era tan pequeña, sino una vivaracha niña que parecía no poderse quedar quieta mientras escuchaba a su madre.

- Tu llegada a este mundo estuvo plagada de acontecimientos -añadió Daniel.

- ¡¡¡Es como una “ventura”!!! Como un cuento de hadas. Y yo soy la protagonista -gritó entusiasmada la pequeña, mientras daba saltos y palmadas.

- ¿Te gustaría conocer algún día a tu verdadera madre? -preguntó Rosa.

Manuela la miró con curiosidad. - ¡Pero mamá! ¡Qué tonterías dices! Te conozco perfectamente. -exclamó Manuela.

Rosa la abrazó con fuerza. -Quería decir a tu otra mamá, al a mujer que te llevó en su vientre.

- Ya la conozco. He soñado con ella muchas veces. Es mi hada madrina y Luís es su pequeño ayudante.



Relato de ficción. Los hecho aquí reflejados son fruto de la imaginación de la autora y no se correspoden a la historia de ninguna persona real.
**Todos los derechos reservados.
**Prohibida su reproducción total o parcial por cualquier medio sin permiso de la autora.

viernes, 9 de octubre de 2015

¿Existen las malas madres?

En el mundo de las maternidad y sobre todo de las redes sociales se habla mucho de las buenas y las malas madres y de las famosas “guerras de las madres”. Hay quienes leen e investigan y eligen una manera de crianza y piensan que quienes no toman las mismas decisiones es porque no quieren (ergo son “malas madres”) o porque están desinformadas. Hay quienes piensan que cualuqier opción es buena y que todas las madres son buenas madres, hagan lo que hagan.

Y yo venía pensando si realmente hay malas madres. Y creo que sí, que realmente hay malas madres
  • Las que maltratan a sus hijos (ya sea física o psicológicamente).
  • Las que les causan algún tipo de perjuicio a su integridad física derivado de sus actuaciones, hábitos o actividades (alcoholismo, no usar un dispositivo de retención infantil en el coche, etc.).
  • Las que ponen en riesgo su salud por acción o por omisión.
Hay cosas que no se pueden justificar, pienso. El maltrato, la violación de los derechos del niño, atentar contra su salud, etc. Pero luego también pienso que en esas mismas redes sociales hay quien “crucifica” a la madre que degolló a su hijo en un cementerio y quien “justifica” que esa madre sufrió una psicosis puerperal que nadie supo atender. Hay quien “culpabiliza” públicamente a una mujer por dejar que su pareja maltrate a su hijo y hay quien defiende que una víctima del abuso físico y psicológico de su pareja no está en la mejor de las posiciones para defender a su hijo.

Obviamente, no hay nada blanco ni negro y todo depende del cristal con que se mire. ¿Hay malas madre? No lo sé. Lo que sí sé es que hay familias (madres y padres también) que no pueden dar a sus hijos los cuidados básicos que necesitan (hogar, comida y salud) y en esos casos las autoridades encargadas son las que se tienen que encargar de proveerlo, aunque no puedan dar a los niños un nutriente básico para crecer como personas sanas e íntegras: el amor.

Y eso es lo que subyace en el debate sobre las buenas y las malas madres: el amor. El amor a nuestros hijos. No hay mayor pecado en las guerras de las madres que la presunta “falta de amor”. Y sin embargo no hay nada más inmutable que el amor de una madre por sus hijos y el de estos por su madre. Lo que enfrenta a unas facciones con otras son las opciones que cada una elige para plasmar ese amor:
  • la que “congela” su carrera laborar para cuidar a sus hijos en sus primeros años vs. la que renuncia a varias semanas de su baja para incorporarse antes a su carrera laboral.
  • la que nunca se iría de vacaciones sin sus hijos vs. la que necesita pasar al menos un par de noches al año alejada de sus pequeños.
  • la que cocina en casa vs. la que compra comida preparada.
  • la que da el pecho vs. la que elige el biberón,
  • etc.
Básicamente, cuando una facción entre en lucha con otra es porque alguien entiende que su “contrario” le está diciendo que él quiere más a su hijo y si otra cosa no tenemos clara las madres (además de la eterna culpa) es que el amor que sentimos por nuestros hijos es “lo más grande”.

Y ¿a qué viene todo esto? Pues al tristemente famoso anuncio de Meritene que los señores de Nestlé han lanzado y que tiene revolucionados a propios y ajenos. Os enlazo aquí el artículo de Juan Revenga sobre el tema, que a mi parecer resume bastante bien mi opinión. Pero aparte de la evidencia científica y de que, obviamente, no comparta nada, absolutamente nada, de lo que se dice en ese anuncio, lo que me indigna, lo que me enfada, lo que me enciende hasta el infinito y más allá es la osadía que tienen los señores de Nestlé para decirnos si somos buenas o malas madres. Porque, al final, lo que subyace en este anuncio es que
  • si obligas a tu hijo a comer es que eres buena madre,
  • que el fin justifica los medios,
  • que lo que opine tú hijo de ti o de su alimentación no importa,
  • que una marca de alimentación (con claros intereses económicos al respecto) puede decidir si eres buena o mala madre.
A mi este anuncio me recuerda al de Danone de hace años en el que un niño le decía a otro que su madre era la mejor porque le hacía arroz con leche en casa y otro le respondía que su madre era la mejor porque compraba el arroz con leche de Danone y se iba con él a hacer escalada. Otro claro ejemplo de cómo las marcas de alimentación intentan vendernos la moto de solucionar nuestras carencias emocionales a costa de atiborrarnos de sus productos azucarados.

En Meritene los señores de Nestlé, que ya nos han convencido de que su leche es mejor que la que produce nuestro pecho, que su leche de continuación es imprescindible, ahora dan un paso más para obtener un público esclavo a costa de apelar a nuestros miedos y a nuestros fantasmas.

Y si te preocupa la alimentación de tu hijo o sus carencias nutricionales, consulta con su pediatra y consulta con un nutricionista, pero nunca, nunca, dejes que nadie te diga que eres una mala madre y menos, menos, todavía dejes que te manipulen de mala manera por ganar cuatro duros. Señores de Nestlé, una vez más, han caído lo más bajo que podían caer. Sus acciones les retratan. Espero que el dinero que sacan a costa de este tipo de acciones innombrable e ignominiosas sea suficiente para lavar sus conciencias.

Y si tienes dudas sobre si eres una buena o una mala madre, no preguntes a Nestlé. Pregunta a José María Paricio, pediatra, que lo tiene claro: 

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